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Celebración de “La Victoria”


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Jaca, la ciudad coquetona, la que triste y recogida en los días invernales, parece como si se desperezara, cuando llega la época estival. Ofrendando a visitantes y jacetanos toda la gama de sus bellezas naturales, todo el rico matiz de sus policromías sin artificio, que se muestra entonces como una novia aderezada, como una jovencita que, por primera vez luce sus galas de mujer, ofreciendo sus risas, delectación del espíritu que son, como arpegios de fronda que no han sabido todavía trasladar a pautas los genios más inspirados de la armonía y del arte, ni rimarlos, en estrofas, los aceptos del Parnaso, ni copiarla con su pincel, en los lienzos divinos, los discípulos más preclaros de Velásquez… esa ciudad cosmopolita, sin eufemismos, bella entre las bellas, que no duerme recostada en sus laureles prodigados por natura, sino que cada día avanza y se hermosea y se acicala como mujer –puesto que su nombre lleva- celebra, por decirlo así, sus desposorios, en el primer viernes de Mayo.

Es fiesta de tradición, es la fiesta jacetana. Se rememora un recuerdo, una gloriosa victoria española, un triunfo de la raza.

No la afianzará, con irrecusable testimonio, la patria historia; pero vive en el pueblo, se encarnó en el pueblo y el pueblo la celebra como fiesta suya y que nadie podrá arrebatársela con todos los modernismos y todas las contradicciones de la crítica más acerba.

***

Sitiada y cercada se hallaba la ciudad. Los árabes acampaban en sus cercanías. El río Aragón se hallaba en sus manos. Las huestes agarenas eran capitaneadas por sus mejores y más afortunados guerreros. Cuatro reyezuelos dirigían a los secuaces enemigos de la Patria y de la Cruz.

Y el Conde D. Aznar, el capitán cristiano, se sentía casi vencido, aunque no acobardado, ante el ejército invasor, mayor en número y perfectamente adiestrado.

Despoblados habían quedado los hogares montañeses: sus hombres se habían apiñado cabe las banderas de don Aznar.

Al grito de Nuestra Patria peligra, nuestra Región y nuestra Religión sucumben, pobres y ricos, todos los montañeses cuantos podían llevar un arma y transportar una hoz, se habían afiliado al ejército cristiano… pero ello no obstante, los enemigos avanzaban, sitiado habían ya a la valerosa ciudad de Jaca.

No había remedio, tenía que entregarse y sucumbir la ciudad invicta, forzosamente debían rendirse al vencedor los que jamás se rindieron ni vencidos fueron, los ínclitos moradores de San Juan de la Peña, los que, encerrados en los enhiestos montes de Collarada y Coll, jamás supieron de servidumbres ni de coyundas, ni podían por lo tanto, soportar la imposición agarena y extraña.

Jamás fueron vencidos y en esta ocasión habían de ser sometidos a la omiosa y tiránica ley del vencedor.

Mas no; la raza hispana se agita entonces, como nunca se agitará, en convulsiones supremas de arrogancias y de valor. La Patria sucumbe, la religión.

Si no quedan leones de la estirpe montañesa; sí padres y esposos e hijos, todos están luchando ya en las llanuras de la muerte… aún quedan en la ciudad las madres que  amamantaron y trajeron a la vida a esos leones hispanos; aún viven las esposas que con ellos juraron fidelidad, fe y amor en los altares de Cristo; aún alientan las novias, las hermanas y las hijas de tantos valientes…

Por sus venas corre su sangre; en su corazón vive y germina idéntico sentimiento de rebeldía, de ardimiento, de fé y de amor, de independencia y libertad. Antes que vencidas, esclavas; antes que tiranizadas, prefieren ser víctimas cruentas de la Patria y de la Cruz.

Texto sacado del Periódico Jaques “La Unión”

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